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Democracia en Costa Rica: valor y desafíos.

abril 12th, 2013 · No Comments · Política

Cuanto vale la democracia en nuestro país?

Algo común a diario es ver el descontento en general que existe en cuanto al funcionamiento del gobierno, lo que se manifiesta en forma clara en las encuestas recientes.  El abstencionismo es el gran ganador de las próximas elecciones, lo que denota una gran dosis de pesimismo y desconfianza del tico en sus representantes y en su sistema político, el gobierno simplemente no responde  a las necesidades del país y el costarricense es bien consciente de este problema.

Pero a pesar de este creciente malestar, la democracia en nuestro país sigue mostrándose firme como sistema de gobierno y sería muy arriesgado afirmar que el tico no apoya la democracia, somos lo que algunos llaman un país con mucha “tradición democrática”. En efecto, cuesta imaginar en Costa Rica un régimen que no sea democrático y cada cuatro años y casi en forma previsible, vemos como al calor de los medios de comunicación, la publicidad y cierta euforia inducida, la gente se convence de que hay que ir a votar, a ejercer el “deber cívico”.  El día de las elecciones vemos banderas, recintos con elecciones infantiles, los votantes, prensa y políticos ponderan la democracia, y las urnas son acudidas en forma razonable, de hecho la elección del 2010 fue de las más bajas en abstención.

Más allá de las tendencias modernas en las que prevalecen los sistemas democráticos, es bueno preguntarse qué es lo que en el fondo permite que en medio de tanta insatisfacción, se avale el sistema cada cuatro años.  Se puede hablar bastante del tema, y hay varios factores inmediatos como lo son los miles de millones que se van a gastar en propaganda política, los exhortos que hace el TSE a ejercer el voto (que de hecho resultan en extremo aburridos y cajoneros), las muletillas huecas que usan hasta la saciedad los medios de comunicación como “respeto a la voluntad popular” o “el gobierno del pueblo y para el pueblo”.  Pero a estas alturas, la gente como que ya no come cuento, se sabe que la voluntad popular no es la voz de Dios y se equivoca a menudo, y para nadie es un secreto que los que políticos de turno llevan agendas paralelas con intereses personales o grupales muy ajenos al interés de las mayorías, en definitiva, la democracia no es la panacea y nos queda debiendo en muchos aspectos.
 
Libertad e igualdad, dos viejos conocidos

Qué es lo que sustenta entonces una democracia moderna? En el fondo, y como algunos teóricos lo han señalado son sencillamente dos principios: libertad e igualdad.  Conceptos algo viejos y manipulados pero aún efectivos, simplemente nos gusta la idea que en condiciones de igualdad, entiéndase un voto por ciudadano, y en un marco de libertades, sobretodo libertad de expresión y libertad política, podamos elegir nuestros gobernantes. Estos conceptos relegados a veces en un segundo plano, es lo que nos identifica con el hecho de ir las urnas, los ideales de libertad e igualdad siguen siendo atrayentes en el mundo actual, y son criterios importantes que legitiman y confirman un proceso democrático.

El tico, heredero de una tradición pacifista por idiosincrasia, se ha llegado a identificar muy bien con estas causas de respeto a garantías individuales y los ideales igualitarios.  También es lo que tememos indirectamente perder, cuando hablamos de regímenes no democráticos, entiéndase estos por sistemas cerrados, que no permiten el cambio de un gobierno por elección, y que afectan inevitablemente derechos individuales y colectivos. En otros lugares, países árabes por ejemplo, que no conocen estos conceptos y no se identifican con estos ideales, hablar entonces de democracia es simplemente hablar de algo desconocido.

Las nuevas generaciones nacimos y crecimos en democracia, por lo que lo consideramos como una tradición heredada, que nació así porque así.  No obstante, recordemos que la democracia históricamente siempre ha tenido y tiene bastantes enemigos; ya en la antigua Grecia, cuna de la democracia, este sistema de elección no era muy popular,  para la élite griega constituía una amenaza real para sus privilegios, por lo que preferirían una aristocracia, gobierno de “sabios y para sabios”, ajeno al resto del pueblo.  Sócrates fue ejecutado, Aristóteles expulsado, lo que nos muestra que la sociedad griega no era muy abierta y tolerante que digamos.  En tiempos modernos las ideas de libertad, igualdad y fraternidad, impulsadas a través de la Ilustración y la Revolución Francesa, supuso un cambio violento y de varias luchas contra regímenes monárquicos y teocráticos.

En las democracias modernas siempre existe un peligro de que el sistema  se deteriore de alguna u otra forma, y termine extinguiéndose por causas diversas, quizá la misma tolerancia que permite la libertad de pensamiento y expresión sin restricción,  puede ser el germen de su propio final.  En estos tiempos el peligro radica en la propia ineficacia para resolver problemas graves de la sociedad, tales como crisis económicas o políticas, o también el engaño ideológico, político y económico que puede estar detrás de unas votaciones y que termina con la credibilidad del sistema.  En nuestro país la educación y la formación basada en respeto a derechos humanos y valores cívicos ha fortalecido una cultura en democracia, pero vemos que en el siglo XX el sistema de libre elección se consolida en nuestro país hasta después de 1948, por lo que sesenta y resto de años es muy poco tiempo para hablar en nuestro país de una fuerte tradición democrática.

 
Retos a futuro: equilibrio entre libre mercado y distribución de riqueza

Otra pregunta que surge de todo esto es hacia donde debe dirigirse una democracia? Se puede resumir en cuatro responsabilidades básicas de un estado moderno: hablamos primero de la necesidad de proporcionar justicia y seguridad jurídica, es decir, leyes para el orden y paz social.  En segundo lugar, necesitamos un estado que vele por el bien común, es decir, que actúe como garante para lograr el progreso, crecimiento y bienestar de todos los ciudadanos.  No habría mayor discusión en estos dos puntos.

Aparecen después las funciones que están ligadas a las premisas de libertad de igualdad que señalamos, en el sentido que se requiere que el estado actúe como moderador entre una balance de libertades individuales y sociales, y el restablecimiento de la solidaridad e igualdad social.  Sucede aquí un fenómeno interesante, y es que a pesar de ser pilares conjuntos en una democracia, paradójicamente, son fuentes de discordia, por cuanto igualdad y libertad no van de la mano, y llevarlos a un punto equilibrio constituye un verdadero desafío.  Si hablamos por ejemplo de la necesidad de libertad como la base del libre mercado, eficiencia y producción, y por otro lado, la necesidad la corrección de desigualdades, en el sentido de procurar una mejor redistribución de la riqueza y corrección de desequilibrios, esto supone un proceso complejo y hasta casi imposible de conciliar en algunos casos.

Este punto ha sido cuestión debate interminable, y es que hay un hecho que es innegable: la libertad y la igualdad son cada una de ellas fronteras de la otra. Para citar un ejemplo sencillo, el uniforme único iguala a los alumnos, que es una condición en cierta forma deseable en la educación secundaria, pero por otro limita la libertad de escogencia y genera disgusto para los que quieran vestir diferente.  Aquí siempre van a posiciones a favor y en contra.  La multiplicación de oportunidades nos da más posibilidades de escoger, haciéndonos más libres, pero produce desigualdades por cuanto unos las aprovechan o las pueden aprovechar,  y otros no.  Un sistema justo en teoría, debería que corregir las desigualdades que se producen por condiciones desventajosas a ciertos sectores y compensar estas con mecanismos de ayuda, pero esto va a tener que afectar intereses de otros grupos.  Lo más triste es que el estado pocas veces acierta en la resolución de estos conflictos, y cuando lo hace, lo hace de manera poco eficiente.

Autores recientes han zanjado la disputa diciendo que analicemos cada caso por aparte, buscando ser efectistas y pragmáticos. Por ello ahora vemos a “sectores de izquierda” asumir posiciones de derecha, o “sectores de derecha” defender posiciones de izquierda en algunos temas, lo que podría dar resultados bastante aceptables, tomando en cuenta que liberalismo e intervencionismo no se excluyen mutuamente.  Pero analizando un poco lo que sucede en Costa Rica, esta búsqueda de equilibrio ideológico no es lo que supone un mayor reto.

El mayor problema aquí es la atomización de grupos de poder en nuestro país, tanto de izquierda, derecha, como estatales, burocráticos, corporativos, empresariales, religiosos, feministas, ecologistas, conservadores, reformistas, territoriales, juveniles, sectoriales,  minorías, etc. Muchos de estos grupos tienen intereses legítimos en representación de cierta mayoría, pero otros tratan de disfrazar sus intereses particulares, procurando inclinar la balanza de la opinión pública a su favor, y confundiendo el discurso con medias verdades, sesgos ideológicos, y otros argumentos con poco fundamento.  Así el debate de libertades y la corrección de desigualdades se vuelve una discusión arduo compleja, en que la pluralidad y fragmentación de nuestra sociedad es uno de los mayores desafíos. Un futuro gobernante de nuestro país debe tener una visión clara, ideas y hasta con nuevos paradigmas para asumir posiciones en cuanto equilibrio de privilegios y obligaciones.  Mucho pedir?  De lo contrario va a pasar lo de siempre, seguiremos estancados en muchos temas, el país no avanza, y los más perjudicados suelen ser como siempre son los sectores menos favorecidos y los menos organizados.

multitud

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